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sábado, 21 de julio de 2012

Keilita produce mil paquetes de palitos de tarwi cada día

Siete centímetros exactos. Ésa es la medida de los pedazos de masa de harina de tarwi (grano parecido a la arveja) que Alfredo Huaranca corta con repetitiva exactitud. Usa un rústico cuchillo de carnicero para dividir las hileras del amasijo hecho con cinco quintales de harina.

Lleva cuatro años en esto, desde que instaló la empresa Keilita, que elabora palitos de tarwi y que emplea a una decena de personas. Produce diariamente mil bolsitas que luego vende a 70 centavos, la unidad. Asegura que tiene ganancias de 1.500 dólares al mes.

Huaranca compra la harina en Cochabamba porque “sólo ahí es fácil conseguir”. Por esto, cada semana viaja al Valle para comprar el producto.

El inicio demandó sacrificio. Huaranca cargaba dos bolsas llenas con los paquetes de palitos y los iba ofreciendo tienda por tienda, desde la zona norte a la sur de la ciudad. Pero, en los dos últimos años la producción y venta se duplicaron gracias a que la gente demanda cada vez más los productos, pero también porque desde 2010 se registró un impulso hacia los alimentos originarios como el tarwi, el amaranto y la cañawa, debido al alto valor nutritivo que tienen.

Fue perseverante y se encomendó a Dios. Es miembro de la iglesia Ekklesía de El Alto y en los empaques de los palitos se leen mensajes de la Biblia.

La fábrica funciona en el garaje y planta baja de una casa ubicada en el barrio Puente Vela, El Alto.

Allí, diez trabajadores ayudan en la preparación, que incluye el mezclado de los ingredientes, amasado, laminado del amasijo, división de la masa en forma de palitos, cocinado y embolsado.

El propietario de Keilita destaca que uno de los puntos fuertes de su oferta es que los palitos están hechos con harina fresca, no guardada, que él mismo amasa.

Luego el preparado es introducido en una máquina que lo aplana y lo deja listo para ser cortado en tiras. Alfredo da el tamaño característico de este producto, la va trozando en tamaños iguales. Posteriormente son fritos en uno de los cuatro sartenes.

En este paso está la otra diferencia con la competencia, dice el propietario. El tiempo de cocción de la receta es de 15 minutos, ni más ni menos. Este aspecto, explica Huaranca, le da el sabor casero y menos industrial a los palitos de tarwi, cuya masa es menos rígida que la de las otras marcas.

Desde el amasado hasta la cocción transcurren alrededor de 45 minutos. Luego, el lugar se vuelve una máquina imparable de manos que empacan. Rosmery Mollo, una de las trabajadoras de Keilita, contó que empaca unas 400 bolsas al día. Para diversificar su producción, Huaranca comercializa con los llamados “chicharrones”, bocaditos hechos de cerdo. Aclara que en ese caso compra el producto crudo y sólo lo cocina, envasa y vende.

Huaranca señala que está confiado en la calidad de su producto, aseverando que copará el mercado. ¿La clave para ello, según él? Tiene fe en Dios.

Promueve la palabra de Dios
Un proverbio de la Biblia es la presentación del empaque de los palitos de tarwi Keilita: “Dichoso es el que halla sabiduría, el que adquiere inteligencia”.

A los costados de la frase están dibujadas dos palomas que forman el nombre Jesús. Alfredo forma parte de Ekklessía de El Alto, por eso propaga la palabra de Dios al tiempo que hace mercadeo: “Mi meta es llegar a más población pero de forma diferente: con la palabra de Dios. Lo importante no es sólo lo económico”.

El empresario se refiere a Dios como el basamento para la próspera venta que está viviendo y que mediante su fe, su producto logrará posesionarse y destacar rápidamente en el mercado local y nacional.

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